Este accidente de estar perdidas.

De Crater invertido
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Este accidente de estar perdidas

Leanne Betasamosake Simpson

Proyecto de traducción de Sol Aréchiga Mantilla

Narrativa breve y poesía

hormiguero del futuro


Provocativa y poética, la autora da a luz continuamente a una realidad descolonizada, una realidad que se mueve en espiral dentro y fuera del tiempo y que resiste las narraciones dominantes y las categorizaciones fáciles. [De la cuarta de forros de la edición en inglés.]

Sinópsis

Este accidente de estar perdidas es un libro polifónico compuesto por distintos géneros breves: poesía, ciencia ficción, prosa poética, crónica y cuento.

En sus textos de sustrato autobiográfico, la autora ficcionaliza (aunque las más de las veces simplemente describe) la vida cotidiana actual de los nishnaabeg, una de las primeras naciones del territorio que ahora conocemos como Ontario, a la vez que retrata las tensas relaciones con los colonos y el estrangulamiento generalizado al que se ven sometidas dichas poblaciones.

Los escenarios en los que nos sitúa enfatizan recurrentemente la necesidad de descolonizar la existencia, sobre todo desde la perspectiva de las mujeres. La fragmentación que campea en la escritura refleja las rupturas entre los mundos que la autora misma habita y en los que encuentra fisuras líricas para remendar la escisión entre lo sagrado y lo profano y reinstaurar el modo de vida nishnaabeg.

La mirada hiperlocal de Simpson tiene fuertes ecos universales: los desequilibrios en las relaciones de poder, la desolación de un mundo natural cada vez más devastado, el lugar de lo espiritual en la vida cotidiana o la resistencia anticolonial en los procesos de conformación de identidad. Si bien el retrato que presenta es en términos generales bastante desolador, el humor y el amor siempre la acompañan.

La propuesta de traducción involucra traducir todos los sustantivos genéricos con referentes humanos en femenino. (Decisión en proceso de consulta con la autora.)

Semblanza de la autora

Leanne Betasamosake Simpson (Wingham, Ontario, 1971) es académica, escritora, cantante y activista michi saagig nishnaabeg y forma parte de la primera nación de Alderville. Es bióloga y doctora por la University of Manitoba. Ha escrito diversos libros de poesía, tradición oral, narrativa y ensayo. Los más recientes son As We Have Always Done, una compilación de ensayos sobre el resurgimiento político indígena, y This Accident of Being Lost, donde explora a través de la poesía y la prosa lo que significa ser una mujer nishnaabeg hoy. Es experta en las prácticas intelectuales y la epistemología nishnaabeg, así como en procesos de aprendizaje anclados a la tierra. Recibió el premio RBC Taylor Emerging Author (2014) y fue finalista de los premios Rogers Writers' Trust Fiction Prize y Trillium Book Award (2017-2018). https://www.leannesimpson.ca/about/

Semblanza de la traductora

Sol Aréchiga Mantilla (Ciudad de México, 1980) es traductora y editora. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas y la maestría en Lingüística Hispánica en la UNAM. Desde 2007 es editora y socia fundadora de proyectos editoriales independientes (Gato Negro y hormiguero). Traduce desde hace más de quince años y recientemente se ha abocado a la traducción literaria, sobre todo de voces (femeninas) de pueblos y culturas no hegemónicos. Actualmente se dedica a la promoción de la traducción a lenguas minorizadas, entre las que se encuentran el purépecha de Santa Fe de la Laguna, el chatino de San Juan Quiahije y el hñäñhú del Mezquital.

Ficha del libro

Título original: This Accident of Being Lost

Género: narrativa y poesía

Idioma: inglés

Editorial: House of Anansi

Páginas: 123

Formato: rústica

Extracto

Inicio de la primera de tres partes, titulada “la rebelión está en camino”, que muestra el tejido entre narrativa y poesía que caracteriza a la antología.

bajo tu siempre luz

después de que te robaron & lograste salir luchando, nadie te iba a volver a chingar. consigue tu propia arma. tira tu propia red. caza tu propio alce. consigue dos maridos & una esposa & haz que se sientan locos de buen amor. da a luz de manera ignominiosa a una nación, que se arrastre entre heces & orina & mugre & el vientre ensangrentado de la traición.

Ella dice:

“usa armas de asalto para retener la tierra que los rodea”

“infecta pequeños cuerpecitos con las cosas preciosas que te sacan a golpes”

“recuerda: ellos son todo lo que nosotros pudimos haber sido”

kwezens se duerme acunando el cuerpo de un pato mientras él teje sus historias con linces & pollos & suerte.

quizá-kwezens rebana-con-mano-firme peces blancos, y gwiiwizens al fin habla.

todos ellos apuntan & disparan.

de pie contra esta roca, pesco tus ojos fugitivos. antes de voltear y recostar la cabeza, pienso en Ella escapando entre estas píceas, caminando a través de estas rocas, caminando sobre este musgo. pienso en Ella escapando entre robado, caminando a través de perdido, caminando sobre vergüenza, conteniendo el fuego en Su corazón, como hacen todos sus descendientes sin ningún esfuerzo, bajo tu siempre luz.

PRECARIEDAD

Lucy, Kwe y yo caminamos por el vecindario el otoño pasado, cuando todos los árboles se veían como aquella vez que Nanabush escondió a su Kokum ahí, como si unos brazos de lumbre roja y anaranjada se estuvieran tragando a los arces. Marcamos cada uno con un pájaro del trueno morado, pintado con spray, para que cuando ya no tuvieran hojas la primavera siguiente pudiéramos saber cuáles eran los arces azucareros. En realidad deberíamos ser capaces de distinguirlos al ver la corteza y la manera como extienden las ramas, pero todavía somos demasiado nuevas para eso. Kwe estaba tan embarazada que hice que se alejara de los vapores de la pintura. Lucy hizo un esténcil para que el pájaro del trueno se viera como un pájaro del trueno y no como la marca de la muerte que pone el ayuntamiento sobre los árboles que están a punto de ser cortados por razones de seguridad.

Ya es marzo y tenemos treinta cubetas de hojalata, treinta grifos nuevos, tabaco, un taladro con dos baterías cargadas, una broca de tres octavos y treinta volantes. El vecindario al que vamos vota, en general, por el NDP o por los liberales en las elecciones federales y provinciales, y ya con eso sienten alivio. Tienen plantas perennes en lugar de pasto. Dos veces a la semana reciben a la puerta de sus casas verduras orgánicas locales, además de que los sábados van al mercado de productores. También están intentando convertir nuestro vecindario en un destino patrimonial de Ontario; creo que, sobre todo, eso quiere decir que no puedes hacer remodelaciones que hagan que ya no se note que tu casa es del siglo XIX ni rentar tus pisos extra a las clases bajas.

Sabemos cómo hacerle para que participen. Primero repartir los volantes. Tener una asamblea comunitaria. Pedir permiso. Escuchar su mierda y su retroalimentación paternalistas. Dejarlos influir. Dejarlos regodearse en la precariedad de los pueblos indígenas para que puedan sentirse moralmente superiores. Hacerlos sentir mejor y que cuando en su siguiente cena surja el tema de la reconciliación puedan usarnos como la solución y presumir con sus verdaderos amigos sobre nuestra precariedad. Releí el volante una vez más porque todo el mundo sabe que la gente blanca odia los dedazos.

¡Hola! Vamos a estar recolectando savia de este arce del 21 al 23 de marzo. Vamos a venir a recolectar una vez al día y recogeremos la cubeta, la tapa y el grifo el 23 de marzo. Gracias por tu apoyo a nuestra aventura urbana de producción de azúcar.

Colectivo PCM

El colectivo Problemas del Cuarto Mundo somos nosotras tres nishnaabekwewag, además de Ninaatig, la bebé, y Sabe, pero Lucy y Kwe no saben que Sabe está aquí. Soy la única que puede verlo y sólo a veces.

Nos juntamos en mi patio para hacer un fuego, sahumar y hacer algunas ofrendas antes de empezar. Hemos tenido varias juntas en torno a las cuarenta y ocho palabras del volante para poder lograr el equilibrio adecuado entre avisar, en vez de pedir permiso, y al mismo tiempo evitar sospechas. Nadie se siente cómoda ocultando el hecho de que somos mississaugas, y que esto somos nosotras actuando en nuestra tierra, pero nadie quiere tampoco terminar siendo tema de conversación. Yo defendí a toda costa la palabra aventura porque tiene una carga tremenda para esta gente. Los incluye: pueden formar parte de la solución sin hacer nada. Su única tarea es archivar el volante arriba del refri con los recibos y las circulares de permisos y olvidarse. Es la carta salga-de-la-cárcel-gratis perfecta. Siéntase liberal en toda su gloria. No hay necesidad de hablarle a la policía o al ayuntamiento: es sustentable. Ayude a los indios y su precariedad.

Discutimos si hacíamos pasar esto por un performance, bueno, yo discutí si hacíamos pasar esto por un performance porque a la gente blanca le encantan y si estuviéramos en otoño y fuera la Nuit Blanche seríamos las heroínas NDN del arte. Incluso probablemente podríamos conseguir una beca. Pero estamos en primavera y en realidad no queremos tener público; sólo queremos hacer jarabe en mi patio sin que se convierta en un pinche calvario.

Sabe escribe para decir que se le está haciendo tarde. Últimamente me escribe más de lo que se aparece porque tiene otros clientes. Tuerce los ojos cuando digo que soy su cliente. Kwe está en una silla blanca de plástico amamantando a la pequeña Ninaatig para hacerla caer en coma y se levanta su playera de “Ni asesinada ni desaparecida”. Se ríe mientras dice, “Esto es la cosa menos queer que he hecho”. Intento pensar algo inteligente que decir, como que no hay nada en el manual queer NDN que diga que no puedes tener hijos o amamantar, pero ya lo sabe, así que sólo sonrío y asiento. Estoy pensando que la curva de su seno es encabronadamente sexy y sagrada. Estoy pensando cuánto extraño la prolactina. Deseo que la gentileza que Kwe tiene por Ninaatig Lucy la hubiera tenido conmigo.

Lucy trae puesta mi chamarra de cuero negro de motociclista y fuma como chacuaco fuera del alcance de Ninaatig. El portabebés se encuentra a sus pies, listo para hacer su trabajo. Fingen ser más duras de lo que son. Entre las NDN, mientras más ruda parezcas, más puro es tu corazón, porque este estrangulamiento no está hecho para gente sensible y tenemos que protegernos como la chingada. Me gustaría que se suavizaran conmigo. Me gustaría que de vez en cuando bajaran la guardia y me dejaran entrar. Me gustaría que pudieran sentir mi calidez de tal forma que las animara a tratarme así también. Desearía que amar a Lucy no fuera tan solitario.

Balbuceo un poco de Anishinaabemowin y pongo mi ofrenda en el fuego. Esto lo pienso en inglés porque no sé cómo se dice: éste es nuestro bosque azucarero. Se ve distinto porque tiene tres calles y 150 casas y hay mil personas viviendo en él, pero es mi bosque azucarero. Es nuestro bosque azucarero. Somos las únicas que deberíamos estar aquí. Por favor ayúdenos.

Pienso: Tal vez debería ser más específica, porque nunca me queda muy clara la magia del mundo espiritual. Obviamente necesito su ayuda. Soy un pozo infinito de necesidad ambulante. Ellos ya han de saber eso, pero también sé que es importante pedir. Así que ¿qué estoy pidiendo realmente? ¿Ayuda para recordarlo todo? ¿Ayuda para seguir de incógnito? ¿Ayuda para recolectar la savia al día siguiente y hervirla durante doce horas en mi patio? ¿Ayuda para lidiar con las autoridades? ¿Ayuda mientras espero al borde de Lucy?

Observo las llamas mientras desaparecen mi tabaco y llevan mis pensamientos a quienes les importamos. Cada una toma su turno rodeando el fuego en la dirección correcta, sahumando el equipo y colocándolo en las mochilas. Pero no hemos terminado de alimentar este fuego. Kwe se quita su falda ceremonial, a la que le cosió tabaco en el dobladillo y a la que le tiene resentimiento por tener que usarla a la fuerza, y la pone en el fuego. Lucy echa un poco de whiskey sobre el fuego por su Tía que falleció hace tres años. Yo fumo mi pipa aunque haya sangre porque soy poderosa y bella y sagrada y merezco que siempre me lo recuerden.

Luego llevamos las cubetas y a Ninaatig al coche. Tengo en el bolsillo tres pedazos de azúcar de arce del año pasado por si necesitamos distraer a Ninaatig de la realidad por unos minutos. En caso de que necesitemos silencio.

Pienso: Si me agarran, escondan a mis hijos.

Manejamos a la esquina donde está el primer árbol. Está más oscuro y más frío de lo que había pensado. Me dan ganas de traer puestas mis botas de invierno en vez de mis tenis con bolsas de plástico para pan adentro para mantener los pies secos. Dejo mi mochila sobre la nieve y pongo un pequeño montón de tabaco al pie del árbol. Kwe saca a Ninaatig del portabebés y se sienta a amamantarla. Yo veo a salmón, anguila, caribú, águila y grulla rondando nuestro bosque azucarero al final de la calle. Lucy soba la corteza con la mano. Sabe besa mi frente, da un paso atrás y desaparece. Dudo y después saco el taladro. Espero que no le duela.

[…]

soy graffiti

escribo para decirte
que sí de hecho
ya nos dimos cuenta
tienes una gran goma nueva
tenemos muy claro
que quieres usarla.
borrar indios es una gran idea
por supuesto
los izquierdosos sensibleros
y los comunistas
pueden dejar de sentirse mal
por los robos
& las violaciones
& los asesinatos
& todos podemos seguir con nuestras vidas
podemos reconciliarnos
excepto que soy graffiti.
excepto que hubo errores.
ella pintó tres X blancas
en la pared de la tienda.
una. dos. tres.
y luego las borraron.
excepto que soy graffiti.
excepto que hubo errores.
las X eran de leche
porque se llevaron nuestra comida.
una. dos. tres.
y luego nos borraron.
excepto que soy graffiti.
excepto que hubo errores.
somos los restos que cantan
lo que quedó después de que
la bomba explotara en cámara lenta
durante un siglo en vez de una fracción de segundo
demasiado que procesar, así que hacemos otras cosas
somos los restos que cantan
lo que queda después de que
se han hecho los disfraces
se han recogido
se han puesto en bolsas de plásticos, llenos de intenciones
para otro tiempo
otro proyecto.
excepto que soy graffiti.
hubo errores.

HACER LO CORRECTO

Los propietarios de armas odian gente según una jerarquía: indios, vegetarianos, “gente de ciudad” y todos los partidos políticos salvo los conservadores. Mi plan era fingir que era enfermera de ascendencia i-taliana, pero en los primeros cinco minutos del curso de seguridad para el manejo de armas de fuego, cuando se hizo el círculo para compartir por qué estábamos aquí, dije con la voz más intransigente que tengo que era para poder ejercer los derechos que me garantizan los tratados. Luego puse mi mejor cara de cabrona mientras a los otros estudiantes se les quebraba el cuello al voltear a ver a la damita-squaw-india de la clase de pistolas.

El instructor más viejo es una combinación de Lawrence Welk y Red Fisher. Es un conservador de sangre azul fan de Harper y sabe de pistolas tanto como yo sé de no-sé-qué [¿?] porque sinceramente yo no sé tanto de nada. Sabe de balística porque funge como testigo experto en el sistema judicial. Se sabe todos los errores idiotas que alguien pude cometer porque lleva quinientos años enseñando este curso. Sabe cómo cazar en línea como un hombre blanco porque es el estereotipo de carne y hueso del hombre blanco. Conoce cada pistola en el mercado y cómo repararlas o no repararlas porque trabaja en una tienda de armas en Peterborough. Está certificado en tiro de combate policial y como oficial de seguridad de campos de tiro, y también es especialista en rifles. Su semblanza en el sitio web del curso de entrenamiento de armas de fuego señala que su apodo es Gran Jefe.

Puedo ver que podría aprender algo de él. Está completamente a favor de que “haya niñas en la clase de pistolas” porque “las damitas” y los niños son el futuro del deporte. La contienda electoral está en su apogeo pero él no va a hablar de política, aunque él mismo sea, por naturaleza, una propaganda electoral de los conservadores y esta clase, en el sombrío sótano de su casa, a la que se refiere como “el rancho”, sea como todos los sets que los conservadores usan para sus anuncios. Le resulta imposible no hablar de política, así que repite y repite, “Pero esta clase no es de política…” después de afirmar que “Nada más hay un partido al que le interesa proteger tu derecho a tener armas”. Sólo para que lo tengamos claro. La única que vez que se aleja del discurso conservador es sobre el cambio climático: es real, puede verlo y tenemos que arreglarlo. “Es una realidad. Lo he visto con mis propios ojos. No es culpa de nadie”. Alza la voz cuando dice “no”, la baja cuando dice “culpa” y la vuelve a elevar cuando dice “nadie”. Y luego se nos queda mirando fijamente. La tensión en su cara me susurra a qué le tiene miedo: a que lo malinterpreten y que la gente de ciudad le quite su derecho a cazar. Y a qué no le tiene miedo: a lastimarme a mí.

Gran Jefe comienza con una historia sobre él y su mejor amigo, Rooster, cazando hace años en los campos de un granjero. Rooster no se asegura de que le va a disparar al blanco correcto antes de tirar y mata una de las gallinas del granjero. Hacen lo correcto y le tocan al granjero y confiesan. Hacen lo correcto y van y compran otro pollo de otra granja para reemplazar al que mataron. Pero compran una gallina ponedora en lugar de un pollo de engorda, y ésos son muuuucho más caros, así que regañiza. Gran Jefe quería sonarse a Rooster por no saber la diferencia entre una gallina ponedora y un pollo de engorda, pero no lo hizo. La moraleja de la historia es que tienes que respetar a la gente en cuyas tierras estás cazando.

Mi territorio está a cero minutos de las puertas de vidrio corredizas del cuchitril en el que estoy atrapada.

Sabe vino conmigo aunque no se lo pedí. Me estaba esperando en el estacionamiento cuando estacioné el coche rentado entre las pick ups Dodge Ram y F1500 que traen colgando del enganche de remolque unos huevos de troca rosas, rosas-como-sólo-pueden-ser-los-hombres-blancos. Sé que Sabe no quiere que entre. Va a intentar decirme que espere hasta que ofrezcan el curso en la rez o que lo haga en el norte o en cualquier lugar menos aquí. Quiere decirme que no es seguro. Le digo que está siendo clasista. Que esta gente no es más racista que las familias del futbol o que los profes de la universidad o que el club de corredores que pasa cojeando por mi casa cada noche con sus uniformes combinaditos y luego terminan comiendo cupcakes en el expendio de café del barrio. Le digo que sé cómo navegar este mundillo, y que aunque en la superficie esto parezca Deliverance, la gente de campo es de hecho más amable y más considerada que la gente blanca de la ciudad. Ni fingen que les gustan las indígenas ni tampoco que las entienden, y si me mantengo dentro de los confines de la seguridad para manejar armas de fuego, lo que tenemos en común, todo irá bien.

El instructor más joven, Eric, es tan pulcro como si fuera vocalista de una banda de rock cristiano y me fascina porque me tiene un poquito de miedo pero no va a dejar que eso lo detenga. Si hubiera un apocalipsis y me quedara atrapada con esta gente para siempre y tuviera que escoger a alguien para coger, probablemente lo escogería a él pero tendría que estar peda. Hace contacto visual conmigo y también un inventario de los chistes de los que me río e intenta indicarme que es un aliado trayendo a colación su reciente viaje de cacería en territorio Cree cuando conoció a “los Crees”, que no se ajustaron a sus estereotipos, o sea no eran borrachos ni tontos y no le disparaban a todo cuanto se movía. No es por eso que me fascina. Es por eso que me caga. Me fascina porque es un encantador-de-machines. Es muy competente en las complejidades del código machín y para hablar-machín con ellos, porque también es un machín, pero al mismo tiempo está tratando de manipularlos hacia un patriarcado más suave, más amable:

“Si sabes lo que haces y practicas, no tienes por qué presumir”.

“No se es un hombre sólo por poder madrearse a alguien más pequeño que tú, como una muchacha o un niño”.

“Los farsantes de la ciudad piensan que somos unos pueblerinos borrachos, tontos y grandotes, no le hagas el juego a sus estereotipos”.

“Me gusta la chela tanto como a cualquiera, pero no beban y disparen. No es cool, es idiota”.

Dice que está bien si los Crees le disparan a los patos sentados sobre el agua porque el pan cuesta diez dólares allá arriba y ellos cazan para comer y no por deporte. Bueno, menos mal, nadie quiere ser un mal perdedor.

El más joven alcanza a sentir mis sospechas. Quiere que reconozca que él es el policía bueno. Me pregunto por qué cree que puede insultar mi inteligencia de esa manera.

Me pregunto si mis compañeros se están tragando todo esto. Sé que yo no.

Eric nos está explicando lo de los permisos y yo no estoy escuchando realmente porque yo no necesito permiso. Gran Jefe interrumpe con que no puedes simplemente conseguirle una licencia de armas y un permiso para alces a tu novia y después llevártela para las mamadas y la cocinada y usar su permiso para alces. No es ético. Es hacer trampa. Si tiene permiso, tiene que tener pistola y salir a cazar o es ilegal. De hecho no dice “mamadas”; dice “chuchi-cuchi”, pero todos los del cuarto saben que quiere decir mamadas y coger como jugadores de hockey. Sonrío mientras imagino su cola de caballo güera bailando de un lado al otro.

Escribo “Johnson y los muchachos” en el margen de la página veintisiete de la guía de seguridad de armas de fuego de la policía montada de Canadá porque acabo de aprender que quiere decir “pito y huevos”.

Trato de no sentirme humillada, pero humillación es lo único que escurre de las cabezas de los ocho ciervos machos que están montados en la pared de este salón subterráneo forrado de paneles de madera falsa.

Sabe está parado a mi lado y con los dedos me está aspirando la vergüenza de la espalda. “Tranquila, Kwe”, me susurra. Le digo a Sabe que deje de tocarme e inmediatamente me siento mal. Estoy demasiado estresada y enconchada para que me toquen. Sé que Sabe está tratando de ser amable conmigo pero estoy enojada y lastimada y herida.

Soy un lince al que le dispararon sin matarlo con una .22 y todavía lo persiguen. Lo último que quiero es un pinche masaje.

Sabe sólo debería esperarme al borde de mí misma. Que espere a que colapse y ya no pueda seguir con esto. Que espere a que me den una madriza. Tiene que quedarse cerca de mí aunque lo esté rechazando. Espero que lo entienda. ¿Cómo podría no saber esto de mí a estas alturas?

El instructor me pide que tome la escopeta de bombeo. Las escopetas son las armas de la humillación para los Missisaugas. Son el símbolo de nuestra derrota. Bisonte, Uapití, Caribú, Alce... todos desaparecidos o casi desaparecidos de nuestro territorio. Nuestra tierra es tan una cloaca que para cazar venados sólo tenemos permitido usar cartuchos en las escopetas, sobre todo en los campos de maíz. La tierra está tan destruida por estos hijas de puta blancas que simplemente ya no hay suficiente espacio para la elegancia de los rifles. Odio las escopetas. Odio jalar el gatillo. Odio el sonido. Odio cómo se esparcen los perdigones. Odio el putazo en los dientes.

Agarro la calibre 12. Me fijo bien en que el seguro esté puesto y apunto el arma en la dirección más segura, que para mí es una dirección distinta que para el resto. Bombeo tres veces para descargar. Observo la recámara. Verifico el canal de alimentación. Examino la salida de la escopeta. Gran Jefe me dice que le cargue dos proyectiles. Reviso que la escritura en los proyectiles concuerde con la escritura en el costado del cañón. Cargo.

Tengo una escopeta cargada, cara a cara con el epítome del hombre blanco. Que en las últimas veinticinco horas ha borrado a todo mi pueblo de nuestras tierras. Ha dicho que los “indios” sólo sirven para cazar cormoranes. Ha dicho “indios” veintisiete veces en dos días. Y aquí estoy yo, una de “sus” mujeres. Lo único para lo que cree que sirvo es lo que le han vendido sobre mí: perversiones sexuales.

Lo miro a los ojos de un modo que lo hace sentir inseguro y equivocado. Amenazado. Como que se encontró con una de su tamaño. No desvío la mirada.

Y luego le sonrío furtivamente, mantengo la escopeta falsa de la escuela de armas entre el antebrazo y el codo y muestro cómo pasar de manera segura a través de la reja de mentiritas que está colocada a la mitad de su sótano.

Dentro de cuarenta y cinco minutos, Sabe y yo vamos a estar en la carretera, poniendo distancia entre nosotros y el rancho. Yo voy a tener la endeble hoja blanca que dice que aprobé y que se supone que tengo que enviar a la policía montada en la ciudad de Miramichi, la playera que me gané por tener la calificación más alta del grupo y lo que me queda de dignidad. Sabe me tiene a mí, las pinzas y los cinco pares de testículos que quitó de los enganches de remolque en el estacionamiento, listos para ser montados en la pared de su sótano.